Hola, soy Ce, tengo 30 años, y esto es “30 veces yo”.
Un club editorial para las que nos estamos conociendo a nosotras mismas. En todas nuestras versiones.
Cada semana recibirás reflexiones, aprendizajes personales y rituales para dedicarte tiempo y volver a ti.
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Si acabas de llegar: bienvenida. Espero que tú también te encuentres en alguna de mis versiones.
Mientras escribo esto, Karol G está cerrando Coachella. La primera latina en ser cabeza de cartel en el festival más grande del mundo. En español. Con reggaetón. Sin traducirse. Sin suavizarse. Sin pedir permiso.
Y yo llevo una semana dándole vueltas a lo mismo. Sentada en mi sofá, con un té que ya se enfrió, pensando en todas las veces que esperé a que alguien me dijera “adelante, pasa” antes de atreverme a entrar.
Porque eso hacemos, ¿no?
Esperar. A que nos inviten. A que nos validen. A que alguien nos diga que ya estamos listas, que ya es nuestro momento, que ya podemos pasar.
Esperar a tener el CV perfecto para aplicar a ese puesto. Esperar a que alguien nos presente para hablar en esa reunión. Esperar a sentirnos “suficiente” para empezar ese proyecto. Esperar a que el momento sea el correcto. A que nos abran la puerta. A que nos digan, este es tu sitio.
Cuando Karol G empezó, el reggaetón era un género dominado por hombres. No había un lugar reservado para una mujer colombiana cantando en español en los festivales más grandes del mundo celebrado en América. Ese lugar no existía. Nadie se lo guardó.
Y ella no se quedó esperando a que alguien lo construyera. Lo construyó ella misma.
Eso no es ambición. No es solo “girl boss energy”. No es un eslogan motivacional para poner en una taza. Es algo mucho más simple y mucho más difícil:
atreverse a ser alguien que abre sus propias puertas.
Pero vayamos por partes.
El síndrome de la invitada.
¿Sabes esa sensación de ir por la vida sentada en el sitio que te asignaron?
Esperando a que te digan qué hay de comer, cuáles son las normas. Siendo educada. Modosa. Discreta. Agradecida de estar ahí. Hacer lo que se espera de ti.
Yo la conozco bien.
La sentí cuando me mudé a otro país y tardé meses en sentir que tenía “derecho” a opinar sobre cosas locales. La he sentido en reuniones de trabajo cuando tengo una idea pero espero a que alguien más la diga primero. La sentí cuando empecé esta newsletter y pensé “¿quién soy yo para escribir sobre esto? - quizás debería limitarme a leerlo.”
Es lo que yo llamo el síndrome de la invitada - que no es el del impostor. El síndrome de la invitada es el de vivir esperando a que alguien te abra la puerta, te haga un hueco, te diga que puedes pasar; y bloquea el ser tú misma la que abre la puerta, pone las normas y decide a quién invita.
Y bien, ¿te ha pasado alguna vez?
Spoiler: nadie va a decirte cuál es tu sitio.
Si la respuesta es que sí, déjame decirte algo más: en la vida real, nadie va a estar ahí diciéndote cuál es tu sitio. Nadie va a llamar a tu puerta para decirte que ya es tu turno, que puedes pasar. Al menos en la mayoría de los casos.
Y no porque el mundo sea cruel. Sino porque el mundo está demasiado ocupado intentando encontrar el suyo. O no perderlo.
Karol G no esperó a que Coachella creara una categoría para artistas latinas. Bad Bunny no esperó a que el Super Bowl le dijera que podía cantar en español. Sabrina Carpenter no esperó a que le dijeran que ya era suficientemente famosa.
Simplemente decidieron que ya era el momento.
Y eso no significa que no tuvieran miedo, sino que no fue el miedo el que tomó la decisión.
Por eso fueron a por ello. Montaron su fiesta. Y quizás sea eso lo que me llevo de ver a Karol G siendo headliner, en ese escenario:
Se trata de pasar de sentirte invitada, a ser la anfitriona: a ser la persona que abre la puerta. Sus propias puertas.
¿En qué parte de tu vida estás esperando a que alguien te diga que ya puedes entrar?
Quizás es en el trabajo. Quizás es en una relación. Quizás es en algo creativo que llevas tiempo queriendo hacer. Quizás es simplemente en decir que no a algo que no quieres.
Y creéme, no hablo de cerrar Coachella, ni de hacer historia. No hace falta.
A veces, se trata de ocupar tu sitio con seguridad en situaciones como:
Decir lo que piensas en esa reunión sin esperar a que te pregunten
Empezar ese proyecto aunque no esté perfecto
Poner un límite sin dar explicaciones de tres párrafos
Ocupar espacio en una conversación sin disculparte por hablar
Cosas pequeñas. Pero que pueden cambiarlo todo.
El ritual de esta semana: “Abrir tus propias puertas”
La semana que viene, en el ritual de 30 minutos yo, vamos a aterrizar esto juntas. Vamos a escribir los espacios donde todavía estamos esperando permiso y a elegir uno donde esta semana vamos a entrar sin pedirlo.
Porque reflexionar está bien. Pero actuar es lo que cambia las cosas. Nos haremos preguntas como:
¿Dónde sientes que estás esperando permiso?
¿Dónde quieres pasar a convertirte en anfitriona?
¿Cuál fue la última vez que hiciste algo sin pedir permiso?
¿Qué puertas quieres abrir-te?
Antes de irte
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Y por último, no te pierdas…
Karol G en Coachella 2026 — Si no lo viste en directo, búscalo. No por la música (que también). Sino por lo que significa ver a alguien ocupar un espacio que no existía para ella.
De mi lista de lecturas:
“Mujeres que corren con los lobos” de Clarissa Pinkola Estés
“Indomable” de Glennon Doyle
Y recuerda, como digo la Bichota, “deja el miedo en la gaveta” y repítete: “Yo sé lo que soy y lo que seré, por eso es que la fe me tengo”
PD: Dedicado a nuestros queridos integrantes del Aston Birra, por siempre abrirnos las puertas allá donde vayamos, aunque sepan que podemos hacerlo solas.
Nos leemos pronto
Mucho love,
Ce.
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Me ha encantado tu post, yo también me emocioné al ver a Karol G en Coachella. Aunque nunca he sido seguidora de su música, es imposible no emocionarse cuando una mujer brilla con luz propia y se abre sus propias puertas, como tu bien dices. Un abrazo 🌟🫶🏻