Hola, soy Ce, tengo 30 años, y esto es 30 veces yo.
Un espacio para las que nos estamos conociendo a nosotras mismas. En todas nuestras versiones.
Cada semana recibirás reflexiones, aprendizajes personales y rituales para dedicarte tiempo y volver a ti.
Si acabas de llegar: bienvenida. Espero que tú también te encuentres en alguna de mis versiones.
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Mi madre tenía 26 años cuando nací yo. Y con 30 tenía dos hijos, vivía en otro continente, tenían una casa preciosa donde criarnos y se dedicaba a nosotros a tiempo completo, con todo su corazón.
A veces pienso en eso y me cuesta encajarlo. Porque yo tengo 30 ahora. Y cuando me imagino teniendo un bebé en brazos a la vez que intento entender quién soy, dónde quiero vivir y qué quiero hacer con mi vida, me parece too much.
Ella a mi edad ya tenía dos hijos, una casa. Una vida que, vista desde fuera, parecía resuelta. Una estabilidad de las de antes.
Y sin embargo, cuando hablo con ella, me doy cuenta de algo que me desarma: ella tampoco sabía qué hacía.
“Hija, nunca es el momento perfecto, ni vas a saberlo todo. Se aprende por el camino”.
Esperar el momento perfecto: estabilidad “de la de antes”
Hay una narrativa que muchas hemos comprado sin darnos cuenta. La de que nuestras madres, a nuestra edad, ya lo tenían todo resuelto. Que sabían lo que querían. Que no dudaban. Que no tenían miedo. Que todo era perfecto. Que tenían una estabilidad envidiable.
Y no es 100% verdad.
Quizás lo que pasa es que no siempre tenían la presión de “encontrar tu pasión” ni de “vivir tu mejor vida”. Tener una carrera exitosa a la vez que ser madre a tiempo completo. Ir al gimnasio 5 veces por semana. Tener una vida social tan activa como apasionante. Viajar al menos a 2 continentes cada año. No tenían Instagram para compararse con la vida de otras y para creer que tenían que hacer todo eso que de alguna manera las redes sociales nos cuentan.
¿Tenían menos opciones? Quizás sí. Pero quizás era justamente eso, paradójicamente, lo que hacía que las decisiones parecieran más claras. No porque siempre lo fueran, sino porque no había tanto ruido alrededor.
¿Era el momento perfecto?¿Lo sabían todo sobre la vida que elegían?Seguramente no. Seguramente también dudaban. También tenían miedo. También se preguntaban si lo estaban haciendo bien.
Ellas cuidaban. A nosotras nos enseñaron a cuidarnos.
Hay algo que me ronda mucho últimamente. Muchas de nuestras madres se dedicaron a cuidar. A nosotros, a la casa, a la familia. Con todo. Sin reservas. Muchas veces sin guardarse nada para ellas.
A nuestra generación, en cambio, nos han enseñado algo diferente: a cuidar de nosotras mismas. El autocuidado, los límites, el “ponerte primero”.
Y está bien. Es necesario. Es sano. Pero a veces me pregunto:
Si algún día soy madre, ¿sería capaz de cuidar como ella nos cuidó?
Con esa entrega. Con esa generosidad. Con esa forma de estar que no necesitaba nombre ni hashtag.
Y al mismo tiempo me pregunto:
¿Podría hacerlo sin perderme en el camino a esta versión de mí que estoy construyendo con tanto esfuerzo ?
Porque quizás ahí esta la pregunta real. No es elegir entre cuidar o cuidarte.
Es aprender a dar sin dejar de ser. Estar para otros sin dejar de estar para ti.
Los patrones que heredamos sin darnos cuenta
Hay cosas que repetimos de nuestras madres sin ser conscientes de ello. Cosas pequeñas como:
La forma en la que te hablas cuando te equivocas.
Lo que consideras “suficiente” o “demasiado”.
Cómo gestionas la culpa.
Qué te permites sentir y qué no.
Cómo pides (o no pides) lo que necesitas.
Mi madre nunca me ha dicho “a tu edad yo ya tenía todo resuelto”. Nunca. Al contrario: siempre ha respetado mi espacio, mis tiempos, mis decisiones.
Soy muy consciente de que esto es un regalo que no todas tienen. Sin embargo, hay otros patrones más sutiles que quizás sí heredé. De lo que se permitía y lo que no. Del lugar en el que a veces se ponía a ella misma.
Y quizás, solo quizás, nuestras madres también lo aprendieron con el tiempo. Quizás ellas también llegaron a un punto en el que se dieron cuenta de que necesitaban guardarse algo. Quizás nadie les dijo que podían. Quizás ya era demasiado tarde.
Plot twist: no es culpa de ellas
Aquí viene la parte importante. Esto no va de culpar a nadie, ni de “un trauma heredado” (que a veces parece el deporte favorito de nuestra generación).
Va de algo más honesto: entender que ellas también estaban aprendiendo.
De reconocerlo, y reconocernos.
De liberarlas. Y liberarnos a nosotras también.
Tu madre no tenía un manual. Nadie se lo dio. Hizo lo que pudo con lo que sabía, con lo que le enseñaron a ella, con las herramientas que tenía en ese momento. Igual que tú estás haciendo ahora.
La diferencia es que tú tienes algo que ella quizás no tuvo: la consciencia de que puedes elegir qué te quedas y qué sueltas.
Lo que quiero soltar. Y lo que quiero quedarme.
Ahora que me acerco a la edad en la que la maternidad deja de ser una idea abstracta y empieza a ser una pregunta real, pienso mucho en esto:
No es culpa de ellas. Es un patrón del que puedes aprender, liberarte, y romperlo sin romper lo que os une.
Podemos querer a nuestra madre profundamente Y reconocer que hay patrones que queremos evitar repetir. Las dos cosas caben en la misma frase. No son contradictorias.
Romper un patrón no es romper una relación. Es decidir que la historia puede continuar, pero a nuestra manera.
Y esto me lleva a preguntarme:
¿Qué quiero quedarme de lo que ella me dio? Su generosidad. Su forma de estar. Esa capacidad de hacer que cualquier sitio se sienta como casa. Su capacidad de criar personas con valores, donde la familia, el trabajo y el esfuerzo son clave para avanzar en la vida.
¿Y qué quiero soltar? Quizás la idea de que cuidar significa darlo todo sin guardarte nada. Quizás la creencia de que ser buena madre es ser madre a tiempo completo y todo lo demás viene después. Quizás el patrón de que las carga mental es “mía” en vez de “nuestra” - creo que último esto da para un artículo entero.
Quiero dar. Pero sin dejar de ser.
Quiero cuidar. Pero también cuidarme.
Y si llega, quiero compartir la crianza de verdad. No como un favor, sino como algo que es de los dos.
Y quiero soltar la culpa de querer todo eso. Porque querer ser madre y querer seguir siendo tí no deberia ser una contradicción.
Quizás mi madre también lo aprendió. Quizás lo esta aprendiendo todavía. Y quizás eso es lo mas bonito: que las dos estamos en camino.
Lo que me gustaría decirle
Al escribir este artículo, he pensado en esas conversaciones que me gustaría tener con mi madre.
Conversaciones como: ¿tú también tenías miedo a los 30? ¿También sentías que no sabías lo que hacías? ¿Te comparabas con las demás? ¿Qué soñabas antes de que yo llegara? ¿Qué te frenaba?
También le diría, ya que seguro me está leyendo, que hay cosas que aprendí que estoy intentando desaprender. No porque fueran malas, sino porque a mi no me funcionan. Y eso no significa que te quiera menos.
Significa que me estoy queriendo más. Como tú me enseñaste.
Y por supuesto, le diría lo muchísimo que agradezco que siempre me haya dejado ser. Por esforzarse al máximo por evitar convertir sus miedos en mis límites. Por acompañarme en todos mis caminos. Con amor, y sin esperar nada a cambio.
Si leíste el artículo de la semana pasada sobre el síndrome de la invitada, esto conecta directamente. Porque muchos de los patrones que nos hacen sentir invitadas en nuestra propia vida no los elegimos — los heredamos. Y hay versiones de nosotras que necesitamos soltar para poder ser quienes realmente somos.
Este domingo
El domingo publico un ritual especial para el día de la madre. No es una felicitación. No es un “gracias por todo”. Es algo más íntimo: una carta que no tienes que enviar.
Una carta a tu madre — o a tu figura materna — diciéndole lo que nunca le has dicho. No necesariamente para enviarla. Para entenderte.
Prepara papel y boli. 🕯️
Antes de irte
Me gustaría saber de ti. Responde a este email, encuesta o déjalo en los comentarios. Me encanta leerte.
Lo que estoy leyendo, escuchando y viendo
📖 “El nudo materno” de Jane Lazarre — Un libro honesto sobre la maternidad y la relación madre-hija. No es un libro de autoayuda — es un testimonio. De los que te hacen sentir menos sola en lo que sientes.
🎧 “Entiende Tu Mente” — Tienen varios episodios sobre patrones familiares y cómo nos influyen sin que nos demos cuenta. Escúchalo con calma, quizás en un paseo.
🎵 “Antes de ti” de Mon Laferte — Una canción sobre la mujer que era tu madre antes de ser tu madre.
💬 Y si quieres seguir la conversación, nos vemos en el chat de suscriptoras.
Te quiero mucho mamá.
Mucho love,
Ce.
Si este artículo te hizo pensar en tu madre — o en la madre que quieres ser — mándaselo a alguien.





Precioso artículo
que espectaculo de articulo y de redaccion. me he puesto sentimental! me identifico con mucho. yo tengo 32 y a esa edad mi madre ya estaba casada, con 3 hijos y era duena de una casa. una realidad totalmente diferente a la que yo vivo (o quisiera vivir en este momento). y eso no significa que hay un camino correcto y otro no, al contrario, ella me crio para pensar y cuestionar lo que se nos impone. gracias por invitarme a reflexionar sobre este tema!