Para los que vivimos entre maletas infinitas, despedidas y bienvenidas, videollamadas a deshora, audios interminables, y una inexplicable necesidad de aprovechar cada rayito de sol por pequeño que parezca.
Hoy escribo desde el avión. Para los que vivimos fuera, coger un avión se torna una especie de rutina en la que vas un poco en modo automático. Los aeropuertos, que siempre me habían parecido fascinantes, se vuelven un poco rutina, lugares de paso.
Conocemos todos los trucos, las eficiencias, los atajos, incluso en los aeropuertos pequeños ya sabes qué asistente de vuelo va a ser más simpático que otro o cuál es más probable que te diga algo por llevar la maleta un poquito más sobre cargada de lo que deberías (que es casi siempre).
En definitiva, este lugar, el aeropuerto, es como una especie de segunda o tercera casa para mí.
Y es justamente de esto de lo que quería hablar con vosotros: ese sentimiento tan encontrado en el que se convierte volver “a casa” cuando “vives fuera”.
Empecemos por el principio.
Cuando dejas de saber cuál es tu casa
Vivir en el extranjero es algo que para entender, hay que vivir. Por mucho que te lo expliquen, por mucho que te lo cuenten, nada como tener la experiencia.
Aprender otro idioma, hacer nuevos amigos, acostumbrarte a comprar en otro supermercado - muchas veces mucho más caro y a tu juicio “peor” que el de la esquina de la calle donde creciste.
Muchas veces, acostumbrarte a un nuevo clima. Si eres español, peor que el tuyo en un 90% de los casos. Y aprender que la lluvia o el frío, no paran ningún plan. Es aprender a tener una vida planificada y que tu familia o amigos te miren raro cuando intentas cerrar una “simple” comida a 3 meses vista (porque ya has comprado los vuelos). Es aprender a lidiar con videollamadas a diario, en los cumpleaños, en fechas importantes. Aprender que recibir una “simple” fotografía de un momento especial, es en realidad un “ey, nos acordamos de ti”. Es llenar maletas de productos que saben a casa.
Y es que justamente, todo ello va acompañado de esa idea de construir tu nuevo “hogar”. Y hasta llegar a ello, pasas un tiempo - generalmente más largo de lo que te gustaría - donde tu idea de casa empieza a desdibujarse.
Sentirse en casa de nuevas formas
Llega un momento en el que puedes sentir que tienes dos hogares. No sin antes pasar por esa etapa de no sentir ninguno del todo tuyo.
Y es que, cuando “vives fuera”, cuando vuelves al lugar donde creciste, es como que todo es lo mismo, y a la vez, nada parece igual. Puede que no se note en las calles de tu ciudad, o en los bares que siguen siendo los mejores, o en el hecho de que sigas desayunando con la misma taza que cuando eras pequeña.
Pero tú ya no encajas exactamente en esa versión de tu vida. Tu vida está en otra parte.
Y entonces empiezas a lidiar con un pequeño sentimiento de culpa. Porque tu significado de “ir a casa”, quizás ya no es el mismo. Porque ahora tu “casa” está en otra parte. En una muy tuya, muy personal. Una que has construido con mucha consciencia, esfuerzo y dedicación.
Y es que vivir fuera, también tiene mucho de sentirse un poco fuera de casa en todos lados. Y, a la misma vez, si te paras a pensar, te descubres capaz de “sentirte en casa” de nuevas maneras que nada tienen que ver con un lugar.
Personas que se convierten en casa
Quizás por eso, cuando vives fuera, las relaciones cambian.
Por un lado, aparecen nuevos amigos que, sin darte cuenta, se convierten en familia.
Son las personas que están cuando celebras una promoción en el trabajo.
Las que aparecen en la puerta con sopa cuando estás enferma y vives sola.
Las que se sientan contigo un domingo cualquiera a comer, con sobremesas que te hacen olvidarte de la distancia a tu país, que siempre terminan en un “disculpad, vamos a cerrar” porque ningún restaurante extranjero está preparado para las sobremesas españolas.
Celebras sus éxitos como si fueran tuyos. Sus hijos, se convierten en tus sobrinos.
Compartís la cotideaneidad de grandes “hitos” de la vida desde muy cerca: un cambio de trabajo, un nuevo amor, preparar una boda, comprar una casa, recibir a un nuevo miembro en la familia…
Y es que hay algo en vivir “fuera”, una sensación de plenitud y a la vez de vacío, un echar de menos pero a la vez no querer irte, que solo se llena cuando tienes con quien compartirlo.
Cuando esas personas se convierten en un lugar seguro, porque te hacen “sentirte como en casa”.
Cuando a veces te descubres a ti misma pensando “qué voy a hacer yo sin esta gente el día que me vaya”. Porque vivir fuera, tiene eso de sentir que todo tiene fecha de caducidad. Y por eso, lo vives con más consciencia.
Las que siempre fueron casa (aunque estén lejos)
Por otro lado, las amistades “de siempre”. Y es que las amistades que sobreviven a la distancia no lo hacen por inercia. Lo hacen porque se eligen.
Ya no coincides por casualidad. No hay cafés improvisados ni cumpleaños a los que te pasas de última hora. Hay audios largos. Hay llamadas que cruzan ciudades y horarios. Hay viajes que parecen mini reencuentros de vida. Hay intención, atención y dedicación.
Porque cuando te reencuentras con esas amigas de siempre —las que han visto todas tus versiones— no importa demasiado dónde vivas ahora, y mucho menos, cuánto tiempo llevéis sin veros.
Una está empezando una familia.
Otra está cambiando radicalmente de carrera, vida y hasta de país.
Otra empezando un nuevo romance, quizás consigo misma.
Otra emprendiendo el negocio de su vida.
Vidas distintas y, en nuestro caso, diferentes versiones de atravesar los treinta. Y, aun así, cuando os sentáis juntas, algo vuelve a su sitio. Como si durante unas horas todas las versiones de vuestra vida coexistieran en el mismo espacio, tiempo y lugar. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si fueran casa.
Quizás crecer también sea eso: entender que las relaciones importantes no necesitan compartir la misma geografía para seguir siendo casa.
Que algunas amistades se convierten en un hilo invisible que atraviesa ciudades, decisiones, cambios de vida.
Y que, aunque tu mapa se llene de lugares distintos, hay personas que siguen siendo un punto fijo. Un lugar de referencia.
Casa, no siempre es un lugar
En la mayoría de los casos, cuando vuelves de visita, no tienes una casa propia donde quedarte. Vas a casa de tus padres, hermanos, de algún amigo. Tus días de repente parecen infinitos, porque haces en un solo día los planes que en tu rutina tomarían practicamente 4 fines de semana diferentes. Quieres estar en todos sitios. Quieres ver a todas tus personas importantes.
Con el tiempo, te das cuenta de que todo, todo, no es posible. Y que es mejor calidad que cantidad. Entonces, pasamos de 8 a 4 planes en un día. No es que cambie mucho la película, pero tú te sientes mejor.
Porque en esos planes, en cada una de esas personas, hay una parte de ti.
Tal vez por eso, cuando vives fuera, aprendes algo nuevo sobre el hogar: que “casa” no siempre es un lugar.
A veces es una conversación que retomas después de meses.
Una mesa en la que siempre habrá un sitio para ti.
Un fin de semana al año en el que todo vuelve a sentirse familiar.
Y entonces llega el día en el que algo te hace click y te das cuenta de dos cosas:
La primera, que “casa” no es un lugar: son las personas que viven en ella, las que se sientan en tu mesa, mientras la vida cambia de escenario.
La segunda, que tendrás tantas casas, como personas quieran recibirte en la suya.
Y la tercera, que mientras vivas “fuera”, siempre habrá días en los que harías lo cualquier cosa por estar en dos lugares a la vez. Y sobre todo, donde te esperan con los brazos abiertos.
Y eso, es el mayor regalo que te da haber sido valiente y haber dejado “tu casa” para construir un nuevo hogar.
El ritual de esta semana
Si tú también vives “fuera”, te cuento los pequeños hábitos que a mí me sirven para sentirme más conectada conmigo, con quien soy, para sentirme en mi hogar, en mi próximo artículo de “30 minutos yo”.
30 minutos yo | 5 hábitos para crear hogar cuando vives fuera
Bienvenida a 30 minutos yo. En este espacio, te animo a regalarte 30 minutos contigo. No para cambiar tu vida. Solo para volver a ti un rato.
A todos aquellos que sois mi casa, y que estáis leyendo esto, gracias por tener siempre un lugar más en vuestra mesa (y en vuestra casa) para recibirnos.
Te dejo algunos de mis otros post por si te acompañan:
Nos leemos el próximo domingo <3.
Mucho love,
Ce.








Me siento identificada ☺️ me ha encantado la frase de que cuando te envían una simple foto es una forma de saber que se están acordando de ti, que estás en sus vidas aunque no estás presente.
Es difícil explicar ese sentimiento de querer estar en varios lugares a la vez, de ser una versión distinta pero igual 🩵
Me he sentido en casa leyendo este post ❤️
Gracias Ceci
ViVi