Lunes, matcha y mini-artículo. Te comparto algo que me ronda la cabeza, en menos de lo que tardas en tomarte tu matcha o tu café del lunes. Que tengas un bonito día.
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Esta semana hice un experimento.
Después de escribir el artículo sobre Karol G y el síndrome de la invitada, me quedé pensando ¿cuántas veces al día pido perdón sin necesidad?
Así que empecé a contarlas.
“Perdón, ¿puedo preguntar algo?” — en una reunión de trabajo.
“Perdona que te moleste” — al escribir un email completamente normal.
“Sorry” — al pasar por delante de alguien en el supermercado. Que ni siquiera estaba en mi camino.
En un solo día conté siete. Siete veces pidiendo perdón por existir, básicamente.
Y lo más raro es que no me di cuenta hasta que empecé a prestar atención. Es automático. Como respirar. Como disculparte por respirar.
No sé cuándo aprendí que ocupar espacio requería una disculpa previa. Pero lo aprendí bien.
Ahora quiero desaprender a pedir perdón de forma automática.
Esta semana voy a intentar algo: cada vez que me salga un “perdón” automático, voy a pararlo un segundo y preguntarme: ¿realmente he hecho algo mal? ¿O simplemente estoy existiendo?
No sé si funcionará. Pero al menos voy a ser consciente de ello, que ya es el primer paso para desaprenderlo.
Si te apetece, pruébalo tú también. Y cuéntame cuántas cuentas.
💌 Si te perdiste el artículo de esta semana sobre el síndrome de la invitada y Karol G en Coachella, lo tienes aquí
Y este jueves publicaré el ritual para aterrizar todo esto: “De invitada a anfitriona”. Prepara papel y boli.
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Mucho love,
Ce.
Si conoces a alguien que también pide perdón por existir, mándale esto.



